Anotació

DERECHO A DECIDIR: Bautismo o expulsión.

30 set.

DERECHO A DECIDIR: Bautismo o expulsión.

Allá por el 1492, los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Granada con la finalidad de impedir que los judíos siguieran influyendo a través de sus costumbres en la judaización de los cristianos nuevos. La voluntad última era convertir la totalidad del pueblo español en cristianos, eliminando todo aquéllo que por el cruce cultural y social dado en la normal convivencia de ambas poblaciones pudiera contribuir a la pérdida de pureza de los reinos de España, considerados en un todo, como el reino más cristiano de la cristiandad, hegemónico, uniforme y tras el 31 de marzo de 1492, pretenciosamente excluyente.

Bautismo o expulsión, era la alternativa que tenían los judíos del Siglo XV, ese fue el derecho a decidir con que los Reyes Católicos les obsequiaron. En suma, una conversión coactiva, si no abrazaban la Fe que les era impuesta, si no renunciaban a todo aquéllo que amaban, que les era propio, sus costumbres, su lengua, sus cantares, la lectura e interpretación de las escrituras, su calendario, su gastronomía específica para la Pascua, … debían desproveerse de sus viviendas y posesiones y marchar. Dejar de ser lo que eran, para ser otros a los que los cristianos viejos pudieran aceptar. Un verdadero judío, incapaz de renunciar a su esencia, negado a doblegarse, podía marcharse desposeyéndose de lo suyo, de su casa, trabajo y amigos, buscar en otras fronteras cobijo para su identidad rechazada; otro, quizás por temor o por apego, se acogería a una conversión fingida.

Éstos últimos, los cristianos nuevos, no podían dejar que se atisbara en ellos ni una pizca de su pasado judaico, incluso tuvieron que cambiar de apellidos, cristianizarlos. Así de violento y coactivo era el literal del edicto que buscaba la homogeneidad de Fe del Reino. Ni en el vestir, ni en el hablar o celebrar podían conservar una reliquia de su origen, debían comportarse como los cristianos viejos, porque a partir de aquél edicto corrían el riesgo de ser expulsados por la fuerza.

Hoy en Cataluña no querer votar el referéndum, negar su legalidad y exigir fórmulas de respeto constitucional te convierte en un judío que sigue abrazando su fe* a pesar de las exigencias del Gobierno de la Generalidad Catalana. Se conmina al pueblo a decidir, como si verdaderamente tuvieran otra alternativa (como si después de aceptar vivir en la aljama, hubiese terminado la disputa) no la hay, el derecho a decidir es un impás, el aplazamiento del verdadero objetivo, el sometimiento identitario, Cataluña para los catalanes viejos.

Tú podrás defender que se vote “no” como buen converso, persuadido de que es “todo” lo que se pide, un referéndum, convencido de que no tendrás que renunciar a más. Lo defenderás a capa y espada, por el rey Puigdemont y la reina Forcadell y por amor a la tierra en la que vives y trabajas, al fin y al cabo, es un derecho, a decidir. Quizás lo defiendas más incluso que los propios independentistas, en realidad, estás aceptando la antesala de la expulsión, de la exclusión política y civil. Porque ésta presión identitaria, subyace en la vida pública catalana, cuando un periodista criticó las leyes de transitoriedad y le invitaron cordialmente a seguir haciendo periodismo en otro lado, se oculta tras cada multa por no rotular un negocio en catalán (esos negocios que amanecieron pintarrajeados de insultos), se manifiesta en la exigencia del nivel C de catalán para acceder a un puesto público (no importan dos licenciaturas y un máster) o cuando finalmente compruebas que en una reunión de amigos el único que no puede decir libremente lo que piensa, eres tú.

Olvidarás que una vez fuiste ciudadano libre en tus pensamientos e igual en derechos y libertades. Renunciarás a lo propio y abrazarás lo ajeno, deberás hacerlo en público, a gritos si es necesario, si no quieres ser condenado al ostracismo, pretenderás que no se note que no eres catalán viejo, disimularás tu apellido o catalanizarás tu nombre, votando “NO” te estarás poniendo el crucifijo más grande del mercado, pero no pasarás desapercibido por mucho tiempo porque ese crucifijo, mañana, no será suficiente. SHALOM

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