Un velo de ignorancia para la democracia

23 jul.

justicia

Las leyes e instituciones de una sociedad tienen como función básica producir justicia, si no, deben ser rechazadas. La justicia debe mediar en las decisiones institucionales para distribuir los derechos y deberes de cada ciudadano, las cargas y beneficios que cada cuál obtiene al pertenecer a una sociedad.

¿Pero cómo podemos llegar a un acuerdo en una sociedad tan plural, tan social y económicamente fragmentada?

Supongamos que tratamos llegar a un acuerdo sobre los principios que deben regir una sociedad como la nuestra y que éstos sean aceptados por el conjunto de la sociedad y elegimos a diferentes representantes sociales para llegar a un consenso: tenemos a un agricultor extremeño, una estudiante de derecho andaluza, un profesor de ética de una universidad madrileña, una mujer de clase media alta catalana o un gallego administrador de una sociedad multimillonaria.

Todos estos representantes de nuestra sociedad ocupan una posición socio-económica distinta y los tipos de principios que escogerían para organizar una sociedad como la española irían en función de esta posición social. El agricultor extremeño quizás apostaría por una sociedad más igualitaria, pero le importarían poco las cuestiones de género, el administrador de la sociedad multimillonaria, podría aceptar una sociedad que acepte grandes desigualdades en la obtención de beneficios y la mujer de clase media alta catalana quizás podría estar de acuerdo con la existencia de ciertas desigualdades económicas pero le preocuparía la atención de un familiar dependiente. En estas condiciones no habría una verdadera deliberación para buscar la mejor opción de la sociedad en su conjunto sino un escenario en el que cada individuo justificara la estructura que mejor respondiera a sus intereses sociales, económicos, territoriales, de género, …

Jhon Rawls en su “Teoría de la justicia” arbitró una herramienta para entender cómo de justa o legítima debía ser una sociedad, y cómo se articularía el consenso entre los gobernados incluso dando por supuesto que cada cuál tendría sus propios intereses y serían estos los que regirían su decisión en la deliberación. Para Rawls una de las condiciones sinequanon era la imparcialidad.

Nuestra muestra de representantes se evidencia absolutamente parcial, y aunque entre ellos pudiera darse una mayoría, ¿significaría que el resultado de ese consenso mayoritario es justo? Vayámonos a los extremos, si se llegara al acuerdo mayoritario de permitir la esclavitud ¿sería esto justo? ¿Y si se aprobara por decisión mayoritaria practicar la eutanasia a quienes tengan alguna discapacidad cognitiva?

Rawls propuso que la deliberación se llevara a cabo con lo que llamó “un velo de ignorancia”, nadie sabría el lugar que ocupa en nuestra sociedad , su clase, estatus social, ni su origen o sus capacidades naturales, su fuerza, inteligencia, si tiene o no una enfermedad, cuál es su género… Al no saber estas circunstancias propias se posibilitaría la reflexión imparcial de cada uno de los sujetos, se establece como herramienta la ceguera sobre el ser mismo de cada individuo para favorecer la justicia (no en vano la Justicia en sus representaciones artísticas se presenta como ciega).

¿Cómo se resolvería la cuestión de la distribución de financiación? ¿Y de los impuestos? ¿Alguien negaría la posibilidad de pagar más impuestos si esto facilita que todos mantengan un mínimo acceso a educación o sanidad? ¿Quién se opondría a favorecer una igualdad de oportunidades? ¿Habría quien optara por colocarse a sí mismo en una sociedad que no garantizara un mínimo de distribución que contribuyese al desarrollo de los más desfavorecidos?

¿Cómo se resolvería una cuestión como la demanda de un referéndum de independencia si nadie supiera si es catalán o no? ¿Se permitiría que votara sólo una parte de la ciudadanía? ¿Hay quien se negaría a sí mismo poder decidir sobre la configuración de su país?

¿Qué nos dicen de la corrupción? Aunque alguno de nuestros representantes sociales hubiera sido un corrupto, ¿aceptaría la posibilidad de no castigar la corrupción cuando en caso de no ser él el corrupto pertenecería al grupo de los desfavorecidos? ¿Criticaría su propia actitud?

¿Quién negaría la conciliación familiar si desconociera su realidad laboral o de género, si tiene o no tiene hijos? ¿Y si desconociésemos nuestras capacidades naturales? ¿Elegiríamos una opción que pudiera suponer nuestro abandono o desatención social?

La justicia no debe depender de las idiosincrasias e intereses de cada individuo o grupo social, la justicia debe entenderse como imparcialidad y las decisiones que tomemos como sociedad deberían tomarse de forma tan imparcial y objetiva como la Dama de la Justicia.

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